Poesía

Eneıda

Año 2007: sigo aquí en la vida.
La luz sobre el pupitre en clase de latín.
Traducimos la Eneida. Palabras de Virgilio
para un tiempo de asedios y nosotras
sedientas de luz y de poesía.
Abstraídas, compungidas,
el cerebro se aquieta para hallar
el sentido exacto
del genitivo triste
de un mundo antiguo.
Nuestras cabezas yacen ante el folio
como corderos muertos
que no se resignaran a estar muertos,
como corderos mansos
aprendiendo a vivir.

Libro II:
Descubres a Eneas y en sus hombros
la carga de su padre Anquises.
Ahí el pequeño Ascanio, ahí la sombra
efímera de Creúsa. Ahí también
tu eterno desasosiego y traduces
mientras ellos abandonan Troya.
Y tú te vas también, con ellos tú
también huyes del mundo y traduces
con fiebre de existir mientras el sol
cae oblicuo, entre el pupitre y tu pelo.
Ter conatus ibi collo dare bracchia circum…
Por tercera vez intenté cercar
su cuello con mis brazos.
No, no, no…
Por tres veces intenté rodear
su cuello con mis brazos.
No, no. Tampoco.
La lengua de Virgilio es ahora
un idioma en la niebla.
Imposible Creúsa, no vendrás
por más que Eneas cante
tu presencia y figura.
Las palabras nos fracasan
antes de ser escritas
en la preciosa cuadrícula azul,
nuestros emborronados cuadernos
y en ellos la extensión del mar Tirreno.
Las palabras son puentes levadizos
más allá de lo turbio de los siglos.

Libro IV:

Traduces con gesto incrédulo.
Dido se mata. Se arroja a la pira funeraria.
(¿pone eso en el folio o la has matado tú?).
Sí, sí. Se mata. No hay equívoco.
Tú no eres Dido, no lo eres,
pero tu vida
algunas tardes tristes se parece
a la carne de Dido, a su osamenta
calcinada. La pira no es un libro.
La pira funeraria
habita en las costuras de tu cuerpo.
Habita en ti.
Y Dido se adentra en el fulgor de la muerte.
Camina a la pira (o no camina, se arroja).
Y se quema y arde. Por amor
han ardido mujeres, se han quemado
ciudades. Tantos son los incendios
que una vida no basta.
Y traducir no basta.
Dido ya no existe. O existirá para siempre.
La pira funeraria está en tu cuerpo
de muchacha terrible.
Y entre el libro y la vida
todo el sol de la tarde
yace inmenso en la Eneida.
Y aún nos veo allí: aún sigue siendo
el año 2007. Rebobino mi vida:
muchachas melancólicamente prematuras
nacidas para gritar
no, Virgilio no ha muerto.